La casa grande


Lectura bíblica:

2 Timoteo 2:20-21: “Pero en una casa grande, no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para honra, y otros para deshonra. Así que, si alguno se limpia de éstos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y dispuesto para toda buena obra”.

Comentario:

La situación actual del cristianismo en que vivimos, es una situación bastante compleja, difícil y lamentable, y creo que nadie me dejará mentir en cuanto a esto. Muchos hoy en día argumentan ser cristianos, y reunirse en un determinada congregación cristiana, externamente, es evidente que ellos tienen conocimiento de las Escrituras, de las doctrinas cristianas y de las prácticas cristinas; cantan himnos, muchos predican y hacen buenas acciones; pero cuando nos adentramos en la intimidad con ellos, cuando entablamos una relación más estrecha con ellos, nos percatamos que algo no concuerda con lo que externamente demuestran. Y eso que no concuerda en ellos es la realidad de Dios operando internamente en su ser. Son personas huecas, externamente llenas de mucha intelectualidad, erudición y buena retórica; pero internamente, llenos de hipocresía, falsedad, faltos de toda revelación espiritual, amadores de sí mismos y de la gloria de los hombres, pero distantes del verdadero amor por los hermanos. Y es que en ellos, a pesar de todo lo que puedan mostrar externamente, no sea efectuado una regeneración genuina, y son simplemente profesantes asiduos, falsos hermanos (2 Co. 11:26; Gá. 2:4). Porque ciertamente, “todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Jn. 3:9). Todo aquel que ha nacido de Dios, tiene la simiente (o semilla) divina plantada en su espíritu, y esta semilla, que es Cristo como la palabra de Dios (Jn. 1:1; Lc. 8:11), le exhorta, le conduce y  le ilumina en su interior (cf. 1 Jn. 2:20, 27).
La pregunta entonces es ¿Cómo vivir en medio de todo esto, debemos escapar de nuestra congregación debido a esto? La respuesta es ¡No!. Ya que “cada uno, hermanos, en el estado en que fue llamado, así permanezca para con Dios” (1 Co. 7:24, léase también el 7:20-23), y “el sólido fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son Suyos; y: Apártese de injusticia todo aquel que invoca el nombre del Señor” (2 Ti. 2:19). En la congregación necesitamos probar los espíritus (1 Jn. 4:1), e intimar únicamente con aquellos que de corazón puro invocan el nombre del Señor (2 Ti. 2:22), amando a todos por igual, sin excluir a nadie, ni a creyentes genuinos ni a creyentes falsos, ya que nuestro testimonio puede ser el medio que Dios utilice para salvar a alguno. Pero ciertamente de algunos es necesario tener: “misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa manchada por su carne” (Jud. 23), y de algunos otros, que enseñan falsas doctrinas (1 Ti. 4:1; He. 13:9) es necesario inclusive mejor no recibir en nuestra congregación (2 Jn. 10-11). Y es por todas estas razones, que Pablo, en esta última de sus epístolas, nos dice que la iglesia de hoy en día sea convertido en una casa grande.

I. La casa grande

En  2 de Timoteo 2:16-19 Pablo se encontraba hablando acerca de las desviaciones de la verdad o apostasía de muchos miembros de las iglesias en Asia (2 Ti. 1:15), sobre todo de maestros de las palabra, como era el caso de Himeneo y Fileto. Pero ahora, en estos versículos, Pablo nos muestra, que dentro de las iglesias no solo hay creyentes apostatas, sino que también existen creyentes genuinos. Es en este contexto que Pablo utiliza la expresión “casa grande” (gr. oikia megalê), denotando con ella la convergencia de creyentes tanto genuinos como falsos en la iglesia actual, es decir, desde los últimos días de los apóstoles hasta la época contemporánea. Esta definición también es ratificada por el uso que Pablo hace de las frases “para honra” y “para deshonra” en 2 Ti. 2:20. Esta casa grande, es el mismo árbol grande al que el Señor se refirió en Mt. 13:31-32. La iglesia en su aspecto genuino y en el cual se cumple el propósito eterno de Dios es simplemente la casa de Dios (1 Ti. 3:15-16; He. 3:6); pero la iglesia en su aspecto degradado y anormal es la casa grande, el árbol grande donde las aves del cielo (Satanás y sus esbirros malignos) anidan en sus ramas (sus expresiones externas).

Aunque el árbol grande está relacionado directamente con la iglesia católica romana, no hay que olvidar que la iglesia católica romana, es la madre de las rameras (Ap. 17:5), es decir, que ella como madre tiene muchas hijas que sean prostituido (las iglesias protestantes-evangélicas ecuménicas, nicolaítas y fornicarias); ellas, la madre y las hijas, constituyen la casa grande. En resumen, lo que tratamos de decir, es que no hay escapatoria alguna, donde quiera que nos congreguemos la casa grande estará presente, siempre habrá trigo y cizaña, buena masa y masa leudada; lo decimos por experiencia, y creemos que usted querido amigo lector nos dará también la razón en cuanto a esto; lo único que nos queda en la vida de iglesia actual es congregarnos (He. 10:25), pero sin seguir la corriente imperante en las iglesias; sino más bien vencer esta situación degradante de las iglesias (Ap. 2:7, 11, 17, 26; 3:5, 12, 21; 21:7) al experimentar genuinamente cada día al Cristo que se pasea en medio de las iglesias (Ap. 1:12-20), pues Él es el único que puede presentarnos a Sí mismo, como una iglesia gloriosa, que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa y sin defecto (Ef. 5:27).

II. Un vaso

Posteriormente a mencionar la casa grande, Pablo pasa a hablar sobre una serie de vasos que se encuentran en dicha casa. La palabra griega que acá se traduce como vaso es skeuê que también puede traducirse como: utensilio, vasija o instrumento. En Hechos 9:15 se nos dice que el Señor le dijo a Ananías con relación a Pablo: “Vé, porque instrumento (gr. skeuê) escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel” y en 1 Tesalonicenses 4:4 se nos dice: “cada uno de vosotros sepa poseer su apropio vaso (gr. skeuos) en santificación y honor”. ¿Pero a que se refiere específicamente Pablo con el término “vaso”? ¿Se refiere al ser humano completo con espíritu, alma y cuerpo (1 Ts. 5:23)?

La realidad es que Pablo utiliza el término “vaso” para referirse específicamente al alma humana, a su yo, que es el asiento de su voluntad, emociones y razonamientos, ya sea tanto para creyentes como para no creyentes (cf. Ro. 9:21-23), y el resto de los autores del Nuevo Testamento también utilizan esta palabra de esta manera (cf. 1 P. 3:7; Ap. 2:27). Esto es evidente, en primer lugar, porque los escritos de Pablo y el Nuevo Testamento así lo atestiguan, como las referencias bíblicas que hemos dado lo hacen notas, según hemos visto; y en segundo lugar, por causa del contexto de 1 Ts. 4:4 y 2 Ti. 2:21, pasajes en los cuales Pablo explícitamente habla que el vaso está relacionado, o necesita, de la santificación. Ciertamente, el cuerpo humano no tiene nada que ver con la santificación, el mismo solo puede reflejar o exteriorizar la santidad, pero la santidad en sí es un proceso, y es un proceso interior. El espíritu humano tampoco está relacionado con la santidad, ya que el espíritu humano viene de Dios que nos lo dio (Ec. 12:7) para que llegásemos a ser un alma viviente (Gn. 2:7). En nuestro estado caído el espíritu se encontraba en un coma (o letargo) espiritual (Ef. 2:1) y fue vivificado cuando el Espíritu de vida vino a morar en el mismo durante la regeneración (Ef. 2:5; Ro. 8:2, 16), pero en nuestro peregrinaje presente (He. 11:13; 1 P. 2:11), el espíritu no necesita santificación; porque el Espíritu Santo ya lo santifico de una vez y para siempre, y esta es la santificación posicional, de la cual todos los creyentes gozamos desde nuestra conversión y por la cual somos llamados santos todos por igual (Ef. 1:1)

¿Entonces que parte de nuestro ser necesita la santificación? Pues indudablemente que nuestra alma. El alma del hombre pecador esta corrompida, Pablo nos lo dice en Romanos 1 argumentado que los razonamientos de los seres humanos fueron envanecidos (Ro. 1:21), y su necio corazón, es decir, su sentimientos, fueron entenebrecidos (Ro. 1:21) y voluntariamente se desenfrenaron dando “culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.” (Ro. 1:25).

Cuando el pecador cree en Cristo (Jn. 1:12), el Espíritu Santo viene para morar en su espíritu humano, dando testimonio en nuestro interior que somos hijos de Dios (Ro. 8:16). Este acontecimiento, es la regeneración o la salvación de nuestro espíritu, que nos trae la santificación posicional, como ya lo hemos mencionado; pero luego de la regeneración, el Señor lleva a cabo un proceso interior y de toda la vida en el creyente, en el cual Él exige la cooperación de este último; este proceso es conocido como la santificación progresiva o salvación del alma (1 P. 1:9), esta salvación del alma conlleva la transformación mediante la renovación de nuestra mente (Ro. 12:2) y la conformación a la imagen de Su Hijo (Ro. 8:29). Siendo la glorificación o salvación de nuestro cuerpo físico (Fil. 3:21; 1 Co. 15:53-54) únicamente el resultado final y futuro de este proceso metabólico (implícito por el uso del griego metamorphousthe en Ro. 12:2), y no un hecho instantáneo, en el cual Dios está obligado a glorificarnos por el simple hecho de haber sido regenerados (cf. Gn. 5:24; He. 11:5). El cuerpo, como hemos mencionado, es únicamente un reflejo de lo que ocurre en nuestra alma, ya el Señor lo enseñó cuando dijo que: “de la abundancia del corazón[1] habla la boca” (Mt. 12:34; Mr. 6:45).

Es así, que el alma como skeuê esta en nosotros los creyentes, como un receptáculo o vasija, que es el significado literal que la palabra griega angeiois que aparece en Mateo 25:4 tiene, para recibir el aceite divino que es el Espíritu Santo (Mt. 25:3 cf. Is. 61:1; He. 1:9) y la acumulación de este aceite en nuestra alma es la salvación de la misma o la santificación progresiva ¿Para que acumulamos este aceite? Para que nuestra lámpara, nuestro espíritu humano (Pr. 20:27), arda siempre (Ro. 12:11; 1 Ts. 5:19) irradiando la luz de la vida (Jn. 8:12) en nuestro caminar (1 Jn. 2:10; Sal. 119:105), en espera del eminente regreso de nuestro amado novio (Jud. 21; Fil. 3:20; Jn. 3:29).

III. Vasos de oro y de plata vs. Vasos de madera y de barro

Pablo continua, y pasa a continuación a describir los vasos que se encuentran en la casa grande, y nos dice que en la casa grande, que es la iglesia en su estado degradado, existen tanto vasos de oro y de plata, asi como vasos de madera y de barro; y unos son para honra, y otros para deshonra.

El oro en la Biblia representa la naturaleza divina de Dios el Padre, la cual es inmutable como el oro; mientras que la plata representa la redención efectuada por Dios el Hijo. Los vasos de oro son los creyentes que han recibido la impartición de la naturaleza divina en su alma (2 P. 1:4) y los vasos de plata son los creyentes que han recibido la aplicación de la obra redentora de Cristo (Mt. 26:15). Ambos, los vasos de oro y de plata constituyen un solo grupo, que son los creyentes genuinos. Los creyentes genuinos se caracterizan por haber recibido la naturaleza del Padre en la regeneración (Jn. 1:12-13), y por haber aplicado mediante el Espíritu y por la fe la obra redentora de Cristo (Ro. 3:24; Gá. 3:13 cf. He. 9:21). No se trata de dos tipos de creyentes diferentes, sino de uno solo. El disfrutar que los creyentes genuinos tienen de la naturaleza y de la redención divina los hace entrar de forma anticipada por la ciudad de oro puro (la naturaleza del Padre) y por las puertas de perla (la redención del Hijo) de la Nueva Jerusalén (Ap. 21:18, 21).

Asimismo, en la casa grande también existen vasos de madera y de barro. Los vasos de madera representan a los creyentes profesantes que en su alma viven de forma natural, como la madera crece de forma natural en los bosques (cf. Sal. 90:5-6; Ez. 15:2-6); mientras que los vasos de barro representan a los creyentes profesantes que en su alma obran de forma natural. Cuando los hombre en Génesis 11:3 decidieron rebelarse a Dios, ello tomaron barro e hicieron ladrillos para edificar la torre de Babel (que significa en heb. confusión). De igual manera, que en caso anterior, acá no se trata de dos tipos de creyentes profesantes distintos, sino de uno solo. Los falsos creyentes viven y obran de manera natural externamente; sin tener a Dios morando en su interior, es decir, sin que su vivir y su actividad sean el producto y la expresión del Dios que moran en su interior. Y como Pablo lo dijo: si “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él” (Ro. 8:9b). El vivir y el obrar natural de los falsos creyentes los hace entrar por la puertas de la Babilonia religiosa de Apocalipsis 17, es decir, de la confusión religiosa actual que desembocara en la Gran Babilonia, y los hace garantes de la ira de Dios que ha de venir sobre ella. No hay que perder de vista nunca, que la consumación final de la casa grande será Babilonia la Grande, la madre de todas las rameras y de las abominaciones de la tierra.

IV. Si alguno se limpia de éstos

Posteriormente, Pablo pasa a hacer una exhortación y un llamado a la limpieza a aquellos vasos que no buscan la alabanza de los hombres, sino de Dios (Ro. 2:29).

Hay que denotar, en primer lugar, que la expresión “si alguno” (gr. oun ean tis, lit.: “Por lo tanto, si alguna vez alguien”) denota la responsabilidad humana de limpiarse. No que nosotros podamos limpiarnos por nosotros mismos, como lo veremos más adelante, sino el hecho de que es nuestra responsabilidad buscarlo, aunque al final sea Dios el que ponga el querer como el hacer por Su buena voluntad (Fil. 2:13).

En segundo lugar, la frase inicial de este versículo 21: “si alguno se limpia (gr. ekkatharê) de éstos” ha suscitado ciertas dificultades de interpretación para muchos estudios, pero actualmente se entiende por consenso casi general que la misma se refiere a los vasos para deshonra e incluyendo a aquellos falsos creyentes mencionados en 2 Ti. 2:16-18. Francisco Lacueva explica esto de la siguiente manera:

“La NVI [es decir, la NIV en inglés] da por sentado que Pablo se refiere a lo que tienen de vil los vasos de deshonor: suciedad interior, por muy lavados que parezcan por fuera (comp. con Mt. 23:25-28). Esto incluye la obligación de separarse, no sólo de los errores de los falsos maestros, sino también de la compañía de sus personas (vv. 16-18; comp. con 2 Jn. 10-11)”.

Este comentario de Lacueva concuerda con la composición gramatical del texto, ya que como Roberto Hanna comenta: “En el verbo compuesto [ekkatharê], κ tiene una idea perfectiva: limpiar totalmente”.

¿Pero en sí, de que debemos ser limpio? Según 2 Timoteo 2:19 ser limpio denota apartarse de la injusticia como señal externa de la operación interior de Dios ¿Pero cómo podemos limpiamos totalmente de éstos? Acumulado cada día más en nuestro interior del tesoro que nos ha sido dado dentro de nuestra frágil alma humana (2 Co. 4:7), de la grosura del buen olivo (Ro. 11:17), el aceite de oro (Zac. 4:12) que es el Espíritu Santo (Jn. 16:13-15) que nos trae las inescrutables riquezas del Hijo (Ef. 3:8) que está en el Padre (Jn. 10:38). Este es el lavamiento del agua por la palabra que el Señor efectúa a favor de Su novia (Ef. 5:26-27), y es nuestra responsabilidad buscarlo cada día viviendo y andando en Él (Gá. 5:25, 16; Col. 2:6).

V. Será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y dispuesto para toda buena obra

Finalmente, Pablo concluye diciéndonos que sí alguno se limpia completamente, será un vaso para honra. En todo esto, ciertamente está implícita la soberanía de Dios, como Pablo bien lo explica en Romanos 9:21-23: “¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria”.

En esta última frase del versículo 21 hay cuatro resultados claros de ponerse en las manos del limpiador divino: (1) honra (gr. timên), (2) santificado (gr. hêgiasmenon), (3) útil (gr. euchrêston) y (4) dispuesto  (gr. hêtoimasmenon) para toda buena obra. La honra tiene que ver con la manifestación de Jesucristo, con Su tribunal (1 Co. 3:13-14; 4:5), y está estrechamente relacionada con los sufrimientos que nos hacen ser como Él (cf. Pr. 18:12b; 1 P. 1:17 cf. 1 P. 2:21; 1 Jn. 3:2). La santificación tiene que ver con la posición en la que Dios desea encontrarnos para poder arrebatarnos en Su venida (cf. 1 Ts. 5:2, 23; Ro. 6:19, 22; 15:16; 1 P. 1:2). La utilidad tiene que ver con el servicio práctico presentado a los santos en la casa del dueño (Flm. 11, Hch. 9:15; 1 Co. 4:1,2; 1 P. 4:10). Y la disposición tiene que ver con la disponibilidad a recibir adiestramiento por parte de otros para toda buena obra (2 Ti. 3:17; Tit. 3:1, 8, 14; He. 13:21; Ef. 2:10) y de ser quebrantados por Dios para que dichas obras,  no sean el resultado del esfuerzo nuestro, sino de la expresión de Dios en nosotros (Mt. 26:7; Mr. 14:3; Lc. 7:37-38 cf. Hch. 9:16).

Los creyentes genuinos se caracterizan: (1) por buscamos la honra de Dios, y no la de los hombres (Jn. 5:41; Mt. 10:25), mediante los sufrimientos; (2) por separarse de todo lo profano mediante la impartición de la santidad divina que nos es aplicada por el Espíritu Santo, el tesoro que el Ladrón Divino vendrá a buscar; (3) por servir en humildad al dueño en Su casa, y no al ojo (Ef. 6:6; Col. 3:22); y (4) por estar dispuestos siempre a ser adiestrados por otros y quebrantados por el Señor, ya que Su quebranto en nosotros hace que la casa se llene del grato (Jn. 12:3) olor de Cristo (2 Co. 2:14-16).

Un último detalle, es que este versículo 21 llama a Dios “Dueño, Amo o Señor” (gr. despotê) de la casa grande. Ciertamente, Dios es dueño de Su casa (He. 3:6), es decir, del conjunto de creyentes genuinos que lo acepta en la realidad como Amo y Señor (Jud. 4), pero debido a que el enemigo sembró cizaña en la noche en medio del trigo (Mt. 13:25) y a que la mujer introdujo a escondidas levadura en medio de la masa (Mt. 13:33), y viéndose el dueño imposibilidad de poder deshacerse de la cizaña por amor al trigo (Mt. 13:29), es de esta manera, que toda la parcela con el trigo y la cizaña, y la masa con todo y levadura se volvió, sin que fuese el deseo de Dios, Su propiedad en un sentido general, aunque específicamente, Él sea el dueño únicamente del trigo y de la buena masa. De esta misma manera, la casa grande es denominada por Pablo como propiedad de Dios, cuando realmente Él solo es dueño de los vasos que se limpian, de los vasos de oro y de plata.

En Cristo.
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[1] Como Charles C. Ryrie y Stanley M. Horton comentan, el primero en su libro Teología Básica y el segundo en su Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, el corazón es la suma de todas las partes del alma: emociones, voluntad y razonamientos, más la conciencia propia del espíritu humano. Así que, en este sentido, hablar del corazón es hablar del alma.