Colosenses 1:1


Lectura bíblica:

Colosenses 1:1 “Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo”.

Comentario:

Pablo (gr. Paulos[1]). Este nombre en el idioma griego significa “pequeño”. Pablo anteriormente era llamado Saulo; nombre que deriva del hebreo “Saúl” que significa pedido a Dios. Quizás los padres de Saulo le dieron ese nombre en honor al rey Saúl, el primer rey de Israel (1 S. 10-31), y descendiente de la tribu de Benjamín, al igual que él (1 S. 9:1 cf. Fil. 3:5). Saulo de Tarso, cambio su nombre de Saulo al de Pablo a partir de Hch. 13:9.

Algunos comentaristas consideran que esto se debió al hecho de que los judíos en los tiempos del imperio Romano, solían tener un nombre hebreo y un nombre griego, y por cuanto Saulo había sido comisionado como apóstol a los gentiles, él decidió, en su momento, hacer uso mejor de su nombre griego, Pablo, que de su nombre hebreo, Saulo. Otros consideran que su encuentro con el procónsul romano Sergio Paulo, le motivo a adoptar dicho nombre (Hch. 13:7-8).

En lo personal, y a la luz de las Santas Escrituras, considero que el cambio de nombre por parte de Saulo, se debe más bien a su cambio de vida, a la transformación del Espíritu (2 Co. 3:18), que a otro hecho en particular. En el Antiguo Testamento es común encontrar casos en los cuales Dios, al tratar con cierta persona, decidía cambiar su nombre, a fin de conformarlo a la transformación que Él había realizado en él mismo.

Así encontramos, en el Antiguo Testamento, el caso de Abram (padre enaltecido), cuyo nombre fue cambiado a Abraham (padre de multitudes) (véase Gn. 17:5). El caso de Jacob (usurpado o suplantador), cuyo nombre fue cambiado a Israel (el que pelea con Dios, un príncipe de Dios) (véase Gn. 32:28).

En el Nuevo Testamento, por su parte, encontramos el caso de Simón (él que escucha, del heb. shamâ, oír) a quien el Señor le llamo Pedro, en griego, o Cefas, en arameo (piedra) (véase Jn. 1:42; 2 P. 1:1). El caso de Saulo no fue nada diferente a estos otros casos, cuando Dios trato con Saulo camino a Damasco, Él le dijo a Ananías: “porque Yo le mostraré cuánto tiene que padecer por Mi nombre” (Hch. 9:16). Alguien que padece no es alguien fuerte o grande, que puede enorgullecerse por haber sido pedido a Dios, sino que es alguien pequeño y frágil. Por consiguiente, el cambio de nombre de Saulo a Pablo obedece más a la transformación que a otro tipo de asunto.

De esto podemos extraer la lección siguiente: Como mencionábamos, alguien que ha sido pedido a Dios definitivamente que tiene de que gloriarse para sí mismo, puesto que su vida es el resultado palpable del favor divino. El rey Saúl fue el resultado de la petición carnal de los hijos de Israel (1 S. 8). Saulo, por su parte, quizás fue el resultado de la petición de sus padres a Dios para tener un hijo (véase por ej. 1 S. 1). En este sentido, Saulo es el resultado del deseo del ‘yo’ del hombre, y Pablo es el resultado del deseo del Espíritu, el nuevo hombre. El ‘yo’ del hombre conduce a las personas a desear ser grandes e importantes, el rey Saúl era ese tipo de persona (1 S. 9:2), mientras que, el deseo del nuevo hombre es muy diferente, Él desea un hombre conforme a Su corazón (1 S. 13:14). Es por ello, que cuando Saulo de Tarso, después de su conversión (Hch. 9), siendo llamado por el Espíritu a ministrar, no una doctrina ni una tradición, sino a Cristo mismo (Hch. 13:1-4), él decidió cambiar su nombre en correspondencia con la transformación que Dios había efectuado dentro de él. Pablo entendió, en base a su experiencia, que no es posible ministrar a Cristo como vida (Jn. 14:6) a las personas estando en su ‘yo’, en la vida de su alma, sino que se requería estar en el espíritu, el cual mora mutuamente con el Espíritu de Dios (1 Co. 6:17), este es el nuevo hombre, que también es llamado el hombre interior (Ef. 2:15; 4:24; 3:16). Necesitamos que Cristo viva y se forme en nosotros (Gá. 2:20; 4:19), y nos revista de Su poder (Fil. 4:13). Dios le mostró a Pablo que Él no necesita de un hombre orgulloso de sí mismo, de su intelectualidad y de su religión (Fil. 3:3-11); sino que Él requería de un hombre frágil, como un vaso de barro (Ro. 9:21; 2 Ti. 2:20 cf. 2 Co. 12:7-10), Dios necesitaba de un hombre pequeño (1 Co. 15:9; Ef. 3:8), un hombre en quien su ‘yo’ hubiese menguado, al haber crecido Cristo en su ser haciendo Su hogar en todas las partes que conforman su corazón (Ef. 4:17; Jn. 3:30). El ‘yo’, nuestro Saúl, ha sido desechado por Dios, su reinado no tiene más dominio en nosotros (1 S. 15:35-16:1 cf. Col. 3:9; Ef. 4:22; Ro. 6:5-8). La palabra de Dios sea encargado de quebrantarlo, a fin de que nuestro nuevo hombre sea liberado para saturar todo nuestro ser (He. 4:12; 1 Ts. 5:23).

El rey Saúl se caracterizó por perseguir a David para matarlo. David era un tipo de Cristo, el rey que Dios designo para Sí y que era conforme a Su corazón. De la misma forma, Saulo de Tarso persiguió al Cristo resucitado y corporificado en Su iglesia (Hch. 9:4; 1 Co. 12:12), mostrando así, que el hombre que vive por la vida de su alma, el hombre anímico, siempre está en constante oposición al Espíritu (1 Co. 2:14). Nuestro ‘yo’, la vida de nuestra alma, siempre buscará perseguir y aprisionar al Cristo que mora en nuestro espíritu (2 Ti. 4:22; 2 Co. 3:17). Esta, era la experiencia de Pablo; para él la carne ya no tenía potestad alguna sobre él, sin embargo, la vida de su alma era un problema que sin duda alguna Pablo tuvo que tratar muy fuertemente a través de seguir el Espíritu que moraba en su espíritu (Ro. 8:1-2, 14; Gá. 5:18).

La salvación que Dios efectúa en el hombre se desarrolla en el orden que aparece en 1 Ts. 523: espíritu, alma y cuerpo. Sin embargo, en nuestra experiencia espiritual, el orden es al contrario, primero debemos tratar con la carne, el mundo y el diablo; posteriormente, tenemos que tratar con la vida de nuestra alma, hasta la espera de la redención de nuestros cuerpos.

Tratar con la vida del alma no significa tratar con el alma misma, sino con la vida corrupta que se adhirió a ella cuando seguíamos la corriente de este mundo (Ef. 2:1-2).

En el Nuevo Testamento encontramos pasajes como: Mt. 10:39; 16:23-25; Mr. 8:35; Lc. 9:24; 14:26; 17:33; Jn. 12:25 y Ap. 12:11; donde se emplea la palabra griega psychên que literalmente debería ser traducida como: “vida del alma”, y no solamente “vida” como la mayoría de traducciones lo hace. Dios desea que perdamos la vida de nuestra alma, a fin de que podamos ganar la Suya, la vida zoê, la vida divina e increada.

En 1 Corintios Pablo recalcó la necesidad de no ser carnales, mientras que en Hebreos, Pablo enfatizó la necesidad de no permanecer en la vida de nuestra alma, la cual es nuestro ‘yo’. En nuestra vida cristiana podemos ser tres tipos de personas, podemos ser cristianos carnales (1 Co. 3:2-3, en gr. anthropos sarkikoi), que viven por su carne; podemos ser cristianos anímicos (1 Co. 2:14, en gr. anthropos psychikos), que viven por la vida de su alma; o podemos ser cristianos espirituales (1 Co. 2:15, en gr. anthropos pneumatikos), que viven en su espíritu interpenetrado por el Espíritu de Dios (1 Co. 6:17).

Todo tipo de vivir que no sea el normal vivir espiritual se considera un vivir anormal en cuanto al propósito de Dios. Si somos carnales seremos divisivos (1 Co. 3:1-9), contenciosos (1 Co. 11:16) y pecaminoso (1 Co. 5:1-13). Si somos anímicos, vagaremos en las opiniones de nuestra mente (Fil. 4:2), en las concupiscencias de nuestra parte emotiva (Ef. 4:22) y haremos la voluntad de nuestro “yo” (Gá. 2:20).

Si deseamos ser útiles al Señor y para la vida de iglesia, para la edificación de la misma, debemos abandonar toda carnalidad, y sobre todo, toda presunción de la vida de nuestra alma. Pablo comprendió esto correctamente por lo cual decidió cambiar su nombre, a fin de corresponder con su transformación. Esta, también fue la experiencia de Jacob, el cual luchaba ardientemente con Dios mediante el empleo de su astucia. Sin embargo, cuando el Señor se le apareció en Peniel, su vida cambio por completo, el Señor le desgarro su muslo, el cual es el musculo más fuerte de nuestro cuerpo, simbolizando así, que Él había quebrantado la fuerza indómita de la vida del alma de Jacob, a fin de que este pudiese solamente apoyarse en Él, como una personal anciana y débil se apoya en su bastón para poder caminar por la vida. Fue de esta manera, que Dios le cambio el nombre, de Jacob a Israel.

La Biblia, nos muestra tres maneras principales de tratar con la vida de nuestra alma, primero, se requiere del trato misericordioso de Dios (Gn. 32:35), segundo, se requiere del quebrantamiento propiciado por la palabra de Dios (He. 4:12), y tercero, se necesita de ‘todas las cosas’ que se encuentran a nuestro alrededor (Ro. 8:28).

Los hombres del Antiguo Testamento experimentaron una transformación en sus vidas en tipos o figuras; sin embargo, Pablo y Pedro lo experimentaron de forma real y práctica. Abraham estaba relacionado con la fe (Ro. 4:12, 16) y con el inicio del linaje llamado (Hch. 7:2-3); de la misma forma, en que Pedro estaba relacionado con la fe (Hch. 1:15; 2:14, 36-39; 3:16) y con el llamado al ministerio (Jn. 21:15-19). Israel estaba relacionado con la transformación mediante los tratos de Dios (Gn. 32:25, 6-7; 31:23) con miras a la edificación de Bet-el, la casa de Dios (Gn. 35:1); de la misma forma, en que Pablo estaba relacionado con la transformación mediante los tratos de Dios (Hch. 9:5-6, 16) con miras a la edificación de la iglesia, la casa de Dios (1 Co. 3:10; 1 Ti. 3:15).

Esta experiencia, era una credencial de Pablo que le permitía habla apropiadamente de todo la revelación que Colosenses nos presenta. Pablo tenía una visión profunda del Cristo todo-inclusivo, y podía hablar tan vívidamente de la forma en que se debía andar en Él (Col. 2:6), porque simple y sencillamente ese era su vivir.

Cuanto necesitamos aprender del ejemplo de Pablo en el vivir de nuestra vida cristiana y de iglesia. ¡Que el Señor tenga misericordia de nosotros y nos ayude en nuestra experiencia del Cristo subjetivo (interior)!

Definitivamente que el contraste presentado por Pablo acá, es muy maravilloso. Por un lado, los falsos maestro se hacían llamar así mismos “súperapóstoles” (2 Co. 11:3, 5), y por otro lado, esos mismos falsos maestros se gloriaban de su conocimiento y revelaciones (Col. 2:18); sin embargo, mientras estos se engrandecían y se jactaban de lo que ellos eran según la carne, Dios hacia, y hace, de Sus apóstoles hombres pequeños e insignificantes (1 Co. 1:26-29; 2 Co. 11:21; 13:4, 9; 1 Co. 2:3; 2 Co. 12:1-9) cuyo ‘yo’ ha sido quebrantado por Él, a fin de que pueda ser Él, y no ellos, los que edifican Su casa. Como Él lo dijo: “Yo edificaré mi iglesia” (Mt. 16:18).

Apóstol. Ese Pablo, que había experimentado tal transformación en su vida, era un apóstol (gr. apóstolos[2]) (véase Ro. 1:1; 1 Co. 1:1; 2 Co. 1:1; Ef. 1:1).

Un apóstol es un “representante con la comisión y autoridad de actuar en el nombre y de parte de Aquel quien lo ha enviado; no es simplemente uno que entrega un mensaje y nada más” (Bratcher y Nida, A Translator’s Handbook on Paul’s Letter to the Ephesians, pág. 3).

Eso era Pablo, alguien no designado por sí mismo (Gá. 1:1), sino llamado por el Señor (1 Co. 1:1). Su apostolado era auténtico (1 Co. 9:1-5; 2 Co. 12:11-12; cf. 2 Co. 11:13; Ap. 2:2) y tenía la autoridad de la economía neotestamentaria de Dios (2 Co. 10:8; 13:10). Con base a su vivir, en esta posición y con dicha autoridad, el apóstol escribió esta epístola tan maravillosa.

Pablo era un apóstol, enviado, comisionado, como embajador de Cristo Jesús (gr. Christou Iêsou). Cristo Jesús era el que le había comisionado para llevarle a las naciones, era el Dios-hombre el que le había enviado a anunciarle, y era a Él a quien Pablo pertenecía y ministraba en resurrección, es decir, con una vida quebrantada en la vida de su alma, pero vivificada en espíritu (1 P. 3:18). Rechazar el mensaje de este embajador en cadenas (Ef. 6:20) era realmente rechazar al Cristo glorioso que él representaba; recibir el mensaje de este delegado celestial era recibir al Cristo viviente que él expresaba.

Así de intima es la relación que existe entre los apóstoles genuinos y el Cristo que los comisiona. El titulo Cristo (el Ungido), denota el triple oficio del Hijo como Sacerdote (He. 5:1, 5, 10; 6:20), Profeta (Dt. 18:15) y Rey (Lc. 1:33), así como Su Deidad. En el Antiguo Testamento los sacerdotes (Ex. 28:41), los profetas (1 R. 19:16) y los reyes (1 S. 9:16; 16:3; 1 R. 1:45; 19:15-16) eran ungidos para el ejercicio de su oficio. Como Profeta, Él nos habla de parte, cómo y con Dios en nuestro interior (1 Jn. 2:20, 27), siendo Él mismo la Palabra (Jn. 1:1) que nos santifica (Ef. 5:26) y que debe mora con ricamente en nosotros (Col. 3:16). Como Sacerdote, Él intercede por nosotros ante el Padre (Ro. 8:26-27, 34), siendo nuestra ofrenda por el pecado (Ex. 29:14; Lv. 4:14, 24; 5:9, 11, 12; 6:17, 26, 30; 7:7, 37; 8:14; 9:7, 8, 10, 22; 10:16, 17, 19; 12:6, 8; 14:13, 19, 31; 15:15, 30; 16:3, 5, 6, 9, 11, 15, 25, 27; 23:19; Nm. 6:11; 7:22, 28, 34, 40, 46, 52, 58, 64, 70, 76, 82, 87; 8:8, 12; 15:24, 27; 19:9; 28:15, 22; 29:5, 11, 16, 19, 22, 25, 28, 31, 34, 38; 2 C. 29:21; Esd. 8:35; Ez. 43:19, 22, 25; 46:20; He. 10:18; 13:11), por la culpa (Lv. 6:6, 17; 7:1, 5, 7, 37; 14:12, 13, 14, 17, 21, 24, 28; 19:21, 22; Nm. 6:12; 1 S. 6:3, 4, 8, 17; Ez. 44:29) y nuestra ofrenda de paz (Lv. 3:1, 3, 6, 9; 4:10, 26, 35; 7:11, 13, 15, 18, 20, 21, 29, 37; 9:18; 19:5; 22:21; 23:19; Nm. 6:14, 17, 18; 7:17, 23, 29, 35, 41, 47, 53, 59, 65, 71, 77, 83; 15:8; Ez. 45:15, 17;). Como Rey, Él nos introduce en Su reino (Col. 1:13 cf. Lc. 17:21), nos rige en nuestro interior con Su ley (2 Ti. 4:22; Ro. 8:2; He. 8:10; 10:16; 1 Jn. 2:20, 27), nos hace disfrutar del anticipo de Su reino en la vida de iglesia (Ro. 14:16 cf. Mt. 16:18-19) y aguardamos con ansia la manifestación de Su reino futuro.

El nombre Jesús (el Salvador), por su parte denota Su obra redentora y Su humanidad perfecta, por la cual Él se encarnó, vivió como hombre y murió en la cruz garantizándonos así el cumplimiento de nuestra santificación, la cual tiene como fin nuestra plena filiación (He. 2:10).

Como hombre, Él se encarnó (Jn. 1:14) para vivir una vida humana en la cual Dios fuera expresado (Jn. 1:18; 5:19, 30; 8:29; Lc. 2:52) y en la semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne (Ro. 8:3), a fin de destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (He. 2:14), y así poder convertirse en nuestro prototipo (1 P. 2:21), nuestro Capitán (He. 2:10), el primogénito de entre muchos hermanos (Ro. 8:29). Así que, en Él tenemos a un Dios-hombre, una persona en la cual la naturaleza divina y la naturaleza humana se han interpenetrado; sin dar lugar a una tercera substancia. Ese Dios-hombre es el prototipo a partir del cual Dios produce muchos Dios-hombre (He. 2:10), es decir, personas en la cuales la naturaleza divina (2 P. 1:4) y la naturaleza humana se han interpenetrado (1 Co. 6:17), sin dar lugar a una tercera substancia, y sin llegar ser poseedores nunca de la Deidad divina. 

Hablemos ahora un poco, sobre las funciones de un apóstol. Porque hay que decir que en el presente también existen apóstoles, aunque no se nombren como tal, debido a que dentro de la iglesia no deben existir títulos o rangos que desvirtúen la visión gloriosa del Cuerpo de Cristo como organismo vivo. Las funciones de los apóstoles contemporáneos, al igual que la de los primeros, consiste en recibir la revelación de la economía neotestamentaria de Dios con respecto a Cristo y la iglesia (Mt. 16:16-18; Gá. 1:11-12, 15-16; Ef. 3:3-4, 8-11; 5:32). Primero, reciben la revelación, y luego, la revelación hace que su espíritu arda y que se olviden de sí mismos. Después, ellos salen a predicar la revelación, a fin de que otros también lleguen a estar ardientes. Dichos apóstoles, también predican el evangelio de Cristo para salvar a los pecadores que fueron llamados y escogidos por Dios, trayéndolos a Cristo (Gá. 1:16a; Ef. 3:8, 2 Co. 11:2). Ellos no predican un evangelio superficial que promete a la gente ir al cielo en vez de al infierno; más bien, predican al Cristo todo-inclusivo como evangelio. Asimismo, los apóstoles son aptos para establecer iglesias locales y designar ancianos en ellas a fin de que guíen, pastoreen, enseñen y vigilen (Hch. 14:23; 1 Ti. 5:17; 1 P. 5:2). También están capacitados para definir las doctrinas, proclamar la verdad, perfeccionar a los santos y edificar el Cuerpo de Cristo (1 Ti. 2:7; Ef. 4:11-12). Estas son las cuatro funciones de un apóstol. Y antes de abandonar este punto, solamente deseo aclarar que la diferencia existente entre los primeros apóstoles, los doce apóstoles del Cordero y Pablo, y los apóstoles contemporáneos, que se originaron a partir de los primeros, es que los primeros apóstoles, poseían la inspiración de Dios para la redacción y composición del Nuevo Testamento; mientras que los contemporáneos no. Y es bajo ese precedente que los primeros defendían ardientemente su ministerio y se proclamaban como tales.

Por la voluntad de Dios. Pablo era esta clase de Apóstol por (gr. diá[3]) la voluntad (gr. thelématos[4]) de Dios. Aquí la voluntad se refiere al medio por el cual Pablo recibió el apostolado. La voluntad de Dios es lo que Dios quiere, es Su deseo.

La secuencia de los aspectos relacionados con la voluntad de Dios en la Biblia, es como sigue: Primero, Dios tuvo un deseo en Su corazón, luego, ese deseo se convirtió en Su intención, y por último, esa intención llego a convertirse en Su propósito, Su económica. La voluntad de Dios está escondida como misterio en Dios, por lo cual Efesios 1:9 habla del “misterio de Su voluntad”. En la eternidad Dios planeo una voluntad. Esta voluntad estaba escondida en Él; por eso era un misterio. En el tiempo, Dios nos dio a conocer este misterio de Su voluntad por medio de Su revelación en Cristo, esto es, por medio de la encarnación, crucifixión, resurrección y ascensión de Cristo (Ef. 3:9). Cuando leemos Apocalipsis 4:11, que nos dice que todas las cosa fueron creadas por la voluntad de Dios, y lo comparamos con Colosenses 1:16, que nos dice: “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles: tronos, dominios, principados, potestades; todo fue creado por Él y para Él”, llegamos a la conclusión, que realmente Cristo es la voluntad de Dios.

Pero Cristo solo no es la voluntad de Dios, también existe otro aspecto de Su voluntad, ese otro aspecto es la iglesia, el complemento de Cristo. Por ejemplo, en Colosenses 1:9, Pablo oró para que los santos fueran “llenos del pleno conocimiento de Su voluntad” y en Colosenses 4:12, Pablo les recuerda a los colosenses que Epafras oraba también por ellos “para que estuvieran firmes, perfectos y totalmente decididos a cumplir toda la voluntad de Dios”. Estos dos versículos comprueban que la voluntad de Dios también consiste en obtener un Cuerpo para Cristo, que sea Su plenitud, Su expresión (Ro. 12:2, 5; Ef. 1:5, 9, 11, 22-23; 4:16).

Así que, en conclusión, podemos decir que la voluntad de Dios no es otra cosa que Cristo y la iglesia, el gran misterio que nos ha sido revelado (Ef. 5:32). Mediante tal voluntad Pablo fue llamado a ser un apóstol de Cristo. Aquí la aseveración de Pablo, al mencionar el apostolado, reforzó su posición y autoridad apostólica (véase 2 Co. 1:1; Ef. 1:1; 2 Ti. 1:1). Pablo fue hecho apóstol de Cristo Jesús, no por el hombre, sino por la voluntad de Dios, conforme a la economía de Dios. Esta posición le dio autoridad para presentar en esta epístola la revelación tocante a la persona de Cristo.

Y el hermano Timoteo (gr. kai[5] ho[6] adelphos[7] Timotheos[8]). Junto a Pablo, quizás como amanuense (cf. Ro. 16:22), se encontraba el hermano Timoteo, cuyo nombre significa en griego el que honra a Dios o el apreciado de Dios. Timoteo era un fiel colaborador de Pablo, y su hijo en la fe (Ro. 16:21; 1 Co. 4:17; 1 Ts. 3:2; 1 Ti. 1:2, 18; 2 Ti. 1:2). Sin embargo, es importante mencionar, que solo aquí en esta epístola, y en otras cuatro más se le asocia a Timoteo la palabra “hermano” (véase 2 Co. 1:1; 1 Ts. 3:2; He. 13:23; Flm. 1).

Este joven era natural de Listra, Asia Menor, su madre era judía y su padre griego (Hch. 16:1). Es probable que conociera el evangelio en su propio hogar por la educación tanto de su madre como de su abuela (2 Ti. 1:5; 3:14. 15), pero, sin duda, creció en la fe bajo la influencia y enseñanza del apóstol Pablo. Timoteo acompañó a Pablo durante su segundo viaje ministerial (Hch. 16:3). Pablo lo consideraba su compañero más idóneo en el ministerio (Fil. 2:19-23). Posteriormente Timoteo realizó un ministerio apostólico en Éfeso (1 Ti. 1:3). Antes de su muerte, Pablo le pidió que fuera a verle a la cárcel (2 Ti. 4:9). La tradición dice que Timoteo murió como mártir, atravesado por flechas.

La palabra “hermano” hace referencia a la filiación divina (Ro. 8:15, 23; 9:4; Gá. 4:5; Ef. 1:5) que hemos recibido por medio del nuevo nacimiento (Jn. 3:5), llegando a ser poseedores de la vida (1 Jn. 5:11-12) y naturaleza divina (2 P. 1:4), y por tanto, constituidos en hijos de Dios (Jn. 1:12; Ro. 8:14-17; Gá. 3:26; 4:6; Fil. 2:15; 1 Jn. 3:1-2). Es por esta razón, que Timoteo fue llamado hermano por Pablo en esta epístola, ya que ambos estaban inmersos en la comunión de la vida (Hch. 2:42; 2 Co. 13:14; Fil. 2:1; 1 Jn. 1:3; Ap. 22:1). Pablo quería enfatizar en sus lectores la importancia de la vida, y el hecho de que el nuevo hombre no existen rangos jerárquicos; sino que Cristo es el todo y en todos, como se nos dirá más adelante en esta epístola (Col. 3:10-11).

Por otra parte, en el significado del nombre Timoteo encontramos una gran verdad espiritual, y es el hecho de que las profundidades de la persona de Cristo solo pueden ser vistas por aquellos que honran a Dios, y por aquellos que a la vez, poseen la vida y la comunión que fluye de ella (1 Jn. 1:3). Si estas características no están presentes en nosotros tendremos solamente el conocimiento (la doctrina) de Cristo en nuestra mente, pero nuestro espíritu carecerá de Su realidad. Transmitiremos buenas y elocuentes enseñanzas pero no ministraremos a Cristo como vida a nuestros oyentes.

Si el lector desea estudiar más a profundidad la vida de Timoteo y su relación con Pablo, les invitó a leer las siguientes referencias: Hch. 16:1; 17:14, 15; 18:5; 19:22; 20:4; Ro. 16:21; 1 Co. 4:17; 16:10, 24; 2 Co. 1:1, 19; Fil. 1:1; 2:19; Col. 1:1; 1 Ts. 1:1; 3:2, 6; 2 Ts. 1:1; 1 Ti. 1:2, 18; 6:20, 21; 2 Ti. 1:2; 4:22; Flm. 1:1; He. 13:23, 25.

En Cristo.
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[1] Nombre nominativo singular masculino: Pablo.
[2] Nombre nominativo singular masculino. Uno que ha sido enviado por Dios (cf. He. 3:1; Jn. 17:3). Provien de apo, de (partitivo) y de stello, enviar. Por ende, puede ser traducido como: delegado, representante, embajador, comisionado, aquí apóstol.
[3] Preposición de causa: a través, por. Esta preposición se usa aquí para con el caso genitivo e indica el medio por el que se ejecuta algo.
[4] Nombre genitivo singlar neutro. Un derivado de theleo, desear o querer implicando volición y propósito, con frecuencia una determinación, es decir, elección, alternativa o inclinación, voluntad.
[5] Conjunción: y.
[6] Artículo definido nominativo singular masculino: el.
[7] Nombre nominativo singular masculino. Del griego a, como partícula de conexión, y de delfús, vientre. Literalmente, del mismo vientre, de ahí lo de hermano. Esta palabra griega es muy parecida al hebreo ab, padre.
[8] Nombre nominativo singular masculino: Timoteo. De timê, valoración, precio, honor y de theos, Dios.