2 de Corintios 3:18


Lectura bíblica:

2 Corintios 3:18Mas, nosotros todos, a cara descubierta mirando y reflejando como un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Señor Espíritu”.

Comentario:

Llegamos a uno de los versículos más sobresalientes y profundos de todo el Nuevo Testamento, trataremos de abordar el mismo desde una óptica sobria, exegética y equilibrada para una mejor comprensión de él.

I. Más, nosotros todos.

La conjunción griega “Mas” (gr. de) indica aquí, en primer lugar, que nosotros los creyentes somos diferentes de los hijos de Israel. Ellos tenían el velo de la ley puesto en sus corazones, pero nosotros podemos ver al Señor a cara descubierta. Por ello, es que no es comprensible ni admisible que deseemos someternos al yugo de esclavitud de la ley, como muchos judaizantes modernos enseñan (Léase Ro. 8:15; Gá. 2:4; 4:3, 24-25; 5:1; He. 2:15), porque hermanos “no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Ro. 6:14), y el Espíritu de esta gracia (He. 10:29) ha venido a morar (Stg. 4:5) en nuestro espíritu (Ro. 8:16) para hacernos libres de toda esclavitud (2 Co. 3:17), únicamente debemos tener cuidado, de no usar esta “libertad como ocasión para la carne” (Gá. 5:13).

Por otra parte, muchos comentaristas[1] han encontrado cierto problema contextual en la frase que Pablo utiliza para iniciar este versículo, unos opinan que “Mas, nosotros todos” (gr. hêmeis[2] de[3] pantes[4], lit.: “Pero todos nosotros”) hace referencia a todos los creyentes; mientras que unos otros, piensan que se refiere a los ministros del nuevo pacto. La realidad es que ambas opiniones son valederas, únicamente debemos recordar Efesios 4:11-12, donde se nos dice que la edificación de la iglesia, el Cuerpo de Cristo, es llevada a cabo por medio de los santos que han sido perfeccionados por las personas dotadas dadas por la Cabeza, es decir, por los apóstoles, profetas, evangelistas y pastores-maestros; esta labor realizada por los santos perfeccionados, no por las personas dotadas, es según Efesios 4:12, “la obra del ministerio” del nuevo pacto. Así, que cuando Pablo dice “más, nosotros todos”, él se está refiriendo a la responsabilidad que todos los santos, sin excepción alguna, tienen de llevar a cabo la obra del ministerio del nuevo pacto, que es la edificación del Cuerpo de Cristo. El ministerio del nuevo pacto no tiene ciertas ‘clases’ particulares de creyentes que se encargan exclusivamente de llevar a cabo dicho ministerio; el ministerio del nuevo pacto es desarrollado, o debería ser desarrollado según Pablo, por ‘todos los santos’.

La intención original de Dios para con Su pueblo era que ‘todos’ fueran un reino de sacerdotes (Éx. 19:6), Dios no quería que solo Aarón y sus hijos fueran los sacerdotes (cf. Éx. 28:1; Nm. 18:6-7, 21; Dt. 10:8-9; 21:5), Él quería que todos fueran un reino de sacerdotes y gente santa; pero a causa de que la tribu de Leví se puso a favor de Jehová en medio de la rebelión de los hijos de Israel en el Monte Sinaí (Éx. 32:26), Dios se vio en la necesidad de introducir una clase mediadora, la cual recayó en la tribu de Leví. Durante todo el tiempo concerniente a la dispensación de la ley, la tribu de Leví fue la clase mediadora que se encargaba de ministrar a Jehová y a Su tabernáculo en sustitución de todo el pueblo de Dios; pero venido el tiempo de la gracia, del nuevo pacto, Dios restauro Su intensión original y abolió todo clase mediadora, ahora todos los creyentes sin excepción alguna somos “un linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios” (1 P. 2:9), todos somos ministros del nuevo pacto.

Pero, lamentablemente hoy impera un problema muy serio entre los hijos de Dios, por una parte, se ha establecido una clase mediadora, cuando ya no debería de existir, porque ya no estamos bajo la ley; sino bajo la gracia; unos llaman a esta clase mediadora ‘reverendo’, otros ‘pastor’, y algunos otros le llaman ‘el ministro’. En parte, el problema es nuestro, porque nos consideramos incapaces, y ciertamente lo somos, pero debemos creer que “Dios es el que en nosotros realiza así el querer como el hacer, por Su beneplácito” (Fil. 2:13), y “que el que comenzó en nosotros una buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Fil. 1:6). Pero por otra parte, la ambición de querer ser alguien, una persona sobresaliente entre los demás hermanos, ha llevado a muchos a la ruina. Muchos creyentes no quieren desempañar su función en la obra del ministerio, y Dios se los demandará en aquel día; pero por otro lado, muchos ‘ministros’ están, y desean, funcionar solamente ellos, ellos también tendrán que dar cuenta de esto, porque Él dijo ‘todos nosotros’ somos real sacerdocio del nuevo pacto, no dijo el 90% de la congregación desempeñan la obra del ministerio o el 75%, Él dijo ‘todos’, sin excepción alguna.

Las personas dotadas deben de presentar a todo hombre perfecto en Cristo (Col. 1:28) para la obra del ministerio, que es la edificación del Cuerpo de Cristo (Ef. 4:12), esta edificación es la edificación indirecta del Cuerpo de Cristo; pero, por otra parte, son todos los creyentes perfeccionados por las personas dotadas los que deben llevar a cabo la edificación (Ro. 14:19; 15:2; 1 Co. 14:3, 5, 12, 26; 2 Co. 12:19; Ef. 4:12, 16, 29), permitiendo que el Cristo que sea formado en ellos (Gá. 4:19) por causa de la obra de perfeccionamiento de las personas dotadas edifique Él directamente Su iglesia (Mt. 16:18).

II. A cara descubierta.

Según el contexto de 2 de Corintios, tener el velo puesto sobre el corazón (2 Co. 3:15) es sinónimo de no estar en Cristo (2 Co. 3:14), es decir, de no haberle recibido a Él en nuestro interior (Jn. 1:12), de no conocerle (2 Co. 4:6), estando completamente ciegos por causa de la operación satánica (2 Co. 4:4), a pesar de haber podido abrigar una religión, como era el caso del pueblo judío y su judaísmo. Esto es bastante alarmante, porque es posible que por un lado, abriguemos una profesión ‘cristiana’, y sin embargo, es posible que no hayamos tenido una verdadera conversión que quite todo velo del corazón.

Porque cuando volvemos nuestro corazón al Señor, el velo es quitado (2 Co. 3:16), lo cual es una clara referencia al arrepentimiento (gr. metanoia, lit. “volver o tornar nuestra mente hacia”), es entonces y solo entonces, que quedamos completamente a cara descubierta (gr. prosôpô[5] anakekalymmenô[6]), sin velos en la mente ni en el corazón como se mencionan en 2 de Corintios 3:14-15.

Aunque este es el significado claro del contexto de la frase “a cara descubierta”, no obstante, también es cierto que ya habiendo recibido al Señor, en nuestra experiencia cristiana, mucha veces le permitimos al enemigo que nos coloque velos en nuestro corazón (Mt. 16:23), y ciertamente, que la única salida para liberarnos de los mismos, es volviendo nuestro corazón al Señor, que ya mora en nuestro interior, para que corra esas cortinas por medio de Su revelación interior (cf. Ef. 1:17; Fil. 3:15; 1 Jn. 2:20, 27).

III. Mirando y reflejando como un espejo.

Ha existido un cierto debate histórico sobre el correcto significado del verbo griego katoptrizómenoi[7], esto, puede verse de forma clara en las diferentes variaciones existente de dicho versículo en las versiones de la Biblia en español[8], Juan Calvino comentó lo siguiente acerca de esto:

“La palabra katoptrizómenoi, es verdad, tiene un doble significado entre los griegos, ya que a veces significa reflejarse como en un espejo, y en otras ocasiones de presentarse ante un espejo para mirarse” (Calvin’s Commentaries, Baker Books, vol. 20, pág. 205, 2005).

Francisco Lacueva, tanto en su Interlineal del Nuevo Testamento, como en su adaptación del Comentario Bíblico Matthew Henry, prefiere adoptar la segunda opción, ya que como él considera:

“El sentido del texto es aquí, con la mayor probabilidad, ‘contemplando como en un espejo’, ya que el resultado directo, según el contexto, no es el testimonio, sino la transformación personal” (Comentario Bíblico Matthew Henry, Editorial CLIE, pág. 1050, 1999).

Sin embargo, J. H. Bernard, en el Expositor del Testamento Griego, se inclina más por la primera opción, él explica:

“‘Reflejando como en un espejo’. Ya que la imagen que transmite es ‘que los cristianos tienen, al igual que Moisés, la recepción en sus vidas de la gloria reflejada de la presencia divina, como Moisés la recibió en su apariencia, son diferentes a Moisés en que no tienen miedo, como los hijos de Israel tenía del fin que estaba por venir, pero estamos seguros de su continua brillantes en nosotros por el aumento de esta gloria (cf. 2 Co. 4:6 y sig.); y con esta confianza nos presentamos sin velo o sin encubrimiento, invitando a indagar, en lugar de desaprobar, sin nada para contener o para ocultar a la mirada ansiosa de los más sospechosos o los más curiosos’ (Dean Stanley)” (The Expositor’s Greek Testament, Eerdmans Publishing, vol. 3, pág. 40, 1956).

Hay que decir, que la traducción de “mirando” o “contemplando”, como Henry Alford y A. T. Robertson lo señalan, está más evidenciada en los escritores de griego clásico, entre ellos Filón. Mientras que “reflejando como un espejo” tiene un mayor apoyo entre exégetas cristianos, tales como: Juan Crisóstomo (347-407), Martín Lutero (1483-1546), Abraham Calovius (1612-1686), Johann Albrecht Bengel (1687-1752), Hermann Olshausen (1796-1839), Gustav Billroth (1829-1894) y Arthur Penrhyn Stanley (1815-1881).

¿Pero en realidad, cual es la traducción más correcta? La respuesta simple es: que ambas traducciones son correctas, y ambas cuentan con apoyo bíblico. A. T. Robertson así lo confirma, admitiendo que: “Ambos sentidos son adecuados” (Comentario al Texto Griego del Nuevo Testamento, Editorial CLIE, pág. 460, 2003). Por ello, nosotros hemos decidido traducirlo como: “Mirando y reflejando como un espejo”, ya que ambas afirmaciones tiene una base contextual y bíblica muy sólida.

A. El trasfondo de 2 Corintios capítulo 3

En 2 de Corintios 3, Pablo toma como trasfondo el suceso narrado en Éxodo 34:29-35, donde se dice:

Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios. Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de acercarse a él. Entonces Moisés los llamó; y Aarón y todos los príncipes de la congregación volvieron a él, y Moisés les habló. Después se acercaron todos los hijos de Israel, a los cuales mandó todo lo que Jehová le había dicho en el monte Sinaí. Y cuando acabó Moisés de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro. Cuando venía Moisés delante de Jehová para hablar con él, se quitaba el velo hasta que salía; y saliendo, decía a los hijos de Israel lo que le era mandado. Y al mirar los hijos de Israel el rostro de Moisés, veían que la piel de su rostro era resplandeciente; y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba a hablar con Dios”.

Según Pablo, la gloria que resplandecía en el rostro de Moisés era nada más y nada menos que Cristo mismo, “el resplandor de Su gloria” (He. 1:3), y este Cristo maravilloso es el fin de la ley (Ro. 10:4), el cual Aarón y los hijos de Israel tenía miedo mirar (Éx. 34:30b), pues era “el fin de aquello que se desvanecía” (2 Co. 3:13). A raíz de ello, Moisés se vio en la necesidad de portar un velo sobre su rostro (Éx. 34:33), el cual únicamente quitaba de su rostro, cuando la palabra de Dios, o sea Cristo, el logos de Dios (Jn. 1:1), era transmitida al pueblo (Éx. 34:33) y cuando entraba en el lugar santísimo (Éx. 25:22) para que la palabra de Jehová le fuera impartida (Éx. 34:34-35). Es así, que según el trasfondo de 2 de Corintios 3, el resplandor del rostro de Moisés era la transfusión misma de la gloria de Dios que estaba representada por los dos querubines (cf. Ez. 10:18-19; 11:22; He. 9:5) que se encontraban en la tapa propiciatoria (Éx. 25:20 cf. 1 Jn. 2:1-2) dentro del lugar santísimo (Éx. 26:33-34). Dicha gloria se infundía en Moisés como el hablar o la palabra viviente de Dios, que venía como una revelación (gr. apokalypsis, lit.: “correr el velo”) y  se infundía en el pueblo a través del hablar de Moisés sin encubrimiento alguno (cf. 2 Co. 4:3) con miras al cumplimiento del propósito eterno de Dios.

B. Según la verdad neotestamentaria

Asimismo, Según la Biblia, primero debemos volvernos a Dios para que Él se vuelva a nosotros (Zac. 1:3; Mal. 3:7), cuando Él se vuelve a nosotros, debemos mirarle o contemplarle para ser salvos (Is. 45:22; Mt. 9:22; 14:28-30; Jn. 19:37). Aquí, no solo estamos hablando de la salvación objetiva (externa); sino sobre todo de la salvación subjetiva (interna) y progresiva (cf. He. 12:2), que es lo que este versículo trata de subrayar.

Hermanos, cuando hemos mirado al Señor en el lugar santísimo de nuestro ser (1 Ts. 5:23), es decir, en nuestro espíritu; ciertamente que Él, que es la luz de la vida (Jn. 8:12; 9:5) viene para iluminarnos (2 Co. 4:6), a tal punto, que quedamos expuestos, desnudos, para ver lo que realmente somos: pecadores (Is. 6:5; Lc. 5:8), mostrándonos de esta manera, que solo podemos acudir a Él para ser limpiados o pulidos (1 Jn. 1:6-8; 2:1-2), y es debido a este limpiar y a esta comunión gloriosa (1 Jn. 1:1-3) que podemos volvemos, en cierta medida, reflectantes como un espejo, y decimos ‘en cierta medida’, porque los espejos de la antigüedad no eran en manera alguna parecidos a los espejos modernos, los espejos antiguos era prácticamente objetos exclusivos de las clases pudientes, pues era el resultado de pulir arduamente metales preciosos como: el bronce, la plata y el oro, a tal punto, que aunque llegaban a reflejar, lo hacía de una forma borrosa u opaca, no tan clara como los espejos de nuestros días, y dicho símil es importante, pues nos recuerda que mientras estemos en esta carne, nuestra naturaleza siempre podrá opacar la belleza genuina del Cristo que mora en nuestro espíritu (2 Ti. 4:22).

El Nuevo Testamento abunda en versículos que demuestran explicita e implícitamente que el deseo de Dios es que Cristo, el resplandor de Su gloria, infunda en nosotros todo lo que Él es y ha logrado para nosotros a fin de que lleguemos a ser Su expresión viviente. Sin embargo, en lugar de citar alguno de estos versículos, trataremos de mostrar de una forma muy sencilla y comprensible este deseo del corazón de Dios:

Juan 1:4 nos dice, hablando de Cristo, el Verbo de Dios, que: “En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”, más adelante, en Juan 11:25 y 14:6, se nos dirá de forma clara, que Cristo es la vida, afirmando de forma inequívoca que Cristo es la luz de los hombres, “la luz verdadera que, con Su venida al mundo, ilumina a todo hombre” (Jn. 1:9), resplandeciendo en las tinieblas, y en región y sombra de muerte (Mt. 4:16); más aún, Jesús mismo lo expresará con Sus propias palabras cuando en Juan 8:12 y 9:5 testifica que Él es la luz del mundo. De esta manera, el Nuevo Testamento establece que Cristo, la palabra de Dios, es la luz que alumbra a los hombres (cf. Sal. 119:130). Sin embargo, en Mateo 5:14 el Señor testificó de Sus discípulos (cf. Mt. 5:1) diciendo que ellos eran la luz del mundo. ¿Pero cómo es posible que los discípulos llegasen a ser como Su maestro (Mt. 10:25)? Pablo mismo nos lo explicará en sus escritos, ya que en Filipenses 2:15, él dice: “resplandecéis como luminares en el mundo”. La palabra griega que se traduce en ese versículo como ‘luminares’ es phôstêres que hace referencia a ‘un emisor de luz’ (James Strong), más que a la fuente misma de la luz. El Señor, como el Sol (Mal. 4:2), es la fuente misma de la luz (cf. 1 Jn. 1:5 con Ro. 9:5); mientras que nosotros solo somos Sus reflectantes, como la luna y las estrellas, que únicamente reflejan la luz que el sol hace resplandecer sobre ellos.

Hermanos, la gloria de Dios, la shekinah, la cual era un figura antiguotestamentaria de Cristo, ha venido a morar en nuestro espíritu (2 Ti. 4:22), y con Su fuego, ha hecho arder nuestra lámpara (Pr. 20:27 cf. Ro. 12:11). Debido a este hecho, al Cristo morador, Pablo pudo testificar en Col. 1:27, “que Cristo en nosotros, es la esperanza de gloria”. Es Él quien como la vida que es luz (Jn. 1:4) imparte Su gloria (Jn. 1:14) en nosotros cada día para que resplandezcamos como luminares en medio de este mundo. Así que hermano y hermana, “levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti” (Is. 60:1). ¡Él es nuestra luz y nuestra gloria (Is. 60:19), aleluya! Únicamente debemos de contemplarle; hace unos años atrás, me llamó mucho la atención el titulo de un libro, del escritor católico Luis Alonso Schökel, el cual se titula: “Contempladlo y quedareis radiantes”, el mismo versa sobre ejercicios espirituales basados en el libro de salmos, aunque no estamos de acuerdo en ninguna medida con la enseñanza católica, ya que dicho libro busca vindicar las enseñanzas del fundador de la orden jesuita Ignacio de Loyola; no obstante, el titulo y el principio que se describe en ese libro es una rotunda realidad, y es que, cuando le contemplamos a Él en nuestro espíritu en oración ( 1 Co. 14:14-15) y recibiendo Su palabra, que es luz, con toda oración y suplica en el espíritu (Ef. 6:17-18), entonces y solo entonces, quedamos radiantes, resplandecientes como luminares en el mundo, debido a que al verle, algo de Él y de lo que Él logro para nosotros se infunde en nuestro ser. ¡Aleluya!

Veamos por ejemplo nuestro rostro, cuando usted esta molesto su semblante infunde mucho temor en otros, cuando esta contento su rostro infunde contentamiento en aquellos que le rodean, y cuando esta triste, su rostro infunde pena y compasión en los demás; y es que solamente necesitamos ver a una persona para que algo de él y de los que está a travesando en su vida pueda ser impartido en nosotros. Ese es el mismo principio que ocurre al contemplar al Señor, cuando le vemos, Él infunde Su naturaleza (lo que Él es) y Sus logros en nuestro ser, para que luego, otros puedan ver en nosotros el reflejo de ese Cristo maravilloso que se ha infundido en nuestro ser.

Es en este sentido, que el mirar o contemplar tiene que ver con nuestra comunión intima con el Señor (Mt. 6:6); mientras que el reflejar como un espejo, que es el resultado del mirar, tiene que ver con lo que los demás pueden ver de Cristo en nuestro vivir (cf. Hch. 6:8-15). El mirar es el origen que causa el reflejar, y por tanto, el reflejar no conlleva la idea de una auto imitación externa, sino que es una vivencia intrínseca espontánea. Pablo les está explicando aquí a los corintios, que la verdadera imitación de Cristo que él les exhortó a que llevasen en su primera epístola (Léase 1 Co. 11:1) tiene como único origen el mirar la gloria del Señor cada día en nuestro espíritu, no una simple apariencia religiosa externa de sepulcros blanqueados (Léase Mt. 23:27), de apariencia de piedad (2 Ti. 3:5).

IV. La gloria del Señor.

Los que nosotros, los creyentes, miramos y reflejamos como un espejo es “la gloria del Señor” (gr. tên[9] doxan[10] Kyriou[11]). El nombre ‘Señor’ aquí, como muchos eruditos atestiguan, basados en el contexto del capítulo, no es el equivalente del nombre Jehová que se encuentra en el Antiguo Testamento, sino que más bien, es una clara referencia al Señor Jesús[12]. Por su parte, la palabra ‘gloria’ no significa otra cosa más que ‘expresión’, es así, que la gloria del Señor es la expresión de lo que Dios es, es decir, de Su naturaleza. Por ejemplo, en Juan 1:14 se nos dice que cuando el Verbo se encarnó, los seres humanos vimos Su gloria, gloria como la del unigénito Hijo de Dios, es decir, que vieron la expresión o manifestación de Dios en la hipóstasis del Hijo (cf. Jn. 1:18; 14:8-9), pero el versículo también añade, lleno de gracia y de realidad. La gracia es Cristo (cf. 1 Co. 15:10 con Gá. 2:20) y la realidad también es Cristo (Jn. 14:6), y Cristo es Dios (Ro. 9:5; Jn. 20:28); por tanto, el Verbo al expresarse en el mundo, no solo manifestó a Dios, sino que también expresó lo que Dios era, es decir, que expresó Su naturaleza. El principio es el mismo, nosotros debemos ser introducidos en la presencia (Jn. 14:10) misma de Dios (Éx. 34:34), en Su seno, para darle a conocer (Jn. 1:18), es decir, para expresarle, y dicha expresión no es únicamente la apariencia de Dios, sino que es la expresión de la naturaleza misma de Dios. ¿Qué es Dios según la Biblia? Pues bueno, según la Biblia, Dios es santo (Lv. 20:7; 1 P. 1:15-16), justo (Esd. 9:15; Neh. 9:8, 33), amor (1 Jn. 4:8), luz (1 Jn. 1:5), etc., así que cuando Él se expresa, cuando Él resplandece sobre nosotros, Su naturaleza y lo que Él ha logrado para nosotros nos es imputado o impartido en nuestro ser, de tal manera, que llegamos a ser santos, justos, llenos de amor y luz; no es el reflejo de nuestra propia santidad humana, ni de nuestra propia justicia ni de nuestro propio amor limitado, sino que es la expresión de la verdadera santidad, de la verdadera justicia, del verdadero amor ilimitado, que solo Dios es. Yo puedo amar a un hermano con mi propio amor (gr. phileos), pero un día es posible que ese amor se acabe, porque el amor humano es limitado, al ver sus faltas, debido a que lo estoy amando con mi propio amor, es posible que explote, y que lo hiera, terminando así con nuestra relación de hermandad; pero si lo amo con el amor de Dios (gr. ágape) que se infunde en mi ser cuando estamos en Él, entonces mi amor no fluctuará, porque no es mi amor propio, sino el reflejo de la esencia misma del amor, el cual es Dios. Es de esto, que estamos hablando. Reflejar la gloria de Dios no es solo reflejar una imagen; sino reflejar lo que la persona misma es.

Pero como hemos dicho, el mirar no solo implica que algo de Su naturaleza se infunde en nosotros; sino que también implica que Sus logros nos son imputados, y en ese sentido, es que la Biblia nos muestra que el mirar Su gloria es ser salvos en Su vida (Ro. 5:10), recuerde que según Juan 1:4 la vida es la luz; así que cuando miramos al Señor que es vida (Jn. 11:25), Él como la luz de esa vida (Jn. 8:12) resplandece sobre nosotros, y la salvación subjetiva y progresiva es llevada a cabo en nuestro interior. El Salmo 80 es muy destacado en cuanto a mostrarnos esto, por ejemplo, en el 80:3 se nos dice: “Oh Dios, restáuranos; haz resplandecer Tu rostro, y seremos salvos”, y en el 80:7 añade: “Oh Dios de los ejércitos, restáuranos; haz resplandecer Tu rostro, y seremos salvos”, y finalmente, el 80:19 concluye diciéndonos: “¡Oh Jehová, Dios de los ejércitos, restáuranos! Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos”. Cuando miramos al Señor y Su rostro resplandece, Su naturaleza y Su logros nos son impartidos para ser reflejados en el mundo, este impartir de la naturaleza divina y de los logros del Señor en nuestro ser es la salvación subjetiva y progresiva que Dios desea llevar a cabo en nosotros.

V. Somos transformados.

Como dijimos en el punto anterior, mirar y reflejar como un espejo la gloria del Señor es ser salvos de forma subjetiva y progresiva por causa del impartir de la naturaleza divina en nuestro ser (cf. 2 P. 1:4; Jn. 16:14-15) y de los logros del Señor para nosotros (Jn. 3:5; 1 Ti. 4:7; Ro. 8:13; 1 Co. 15:44-45; Ef. 1:22)[13]. Es a esta salvación que Pablo la denomina “transformación”. Por ello, nos dice: “somos transformados” (gr. metamorphoumetha[14]). Dicha transformación, según Romanos 12:2, se lleva a cabo por medio de la renovación de nuestra mente, por medio de “fijar la mente en las cosas de arriba” (Col. 3:2) “donde está Cristo” (Col. 3:1). ¿Pero donde esta Cristo? Bueno, por un lado, Él está a la diestra de la Majestad en el cielo (1 P. 3:22; He. 1:3); pero por otro, Él está en nuestro espíritu (2 Ti. 4:22). Quiere decir, que “las cosas de arriba” están hoy presentes en nuestro espíritu, y nosotros debemos fijar nuestra mente, la parte principal de nuestra alma, en ellas. Nuestro espíritu humano, como morada del Señor, se ha vuelto la realidad de Bet-él, de la casa de Dios (Gn. 28:10-19), donde los ángeles suben y descienden por medio del Señor Jesús, la escalera celestial (Jn. 1:51), para traernos, para impartirnos, “las cosas de arriba”, las cosas de Dios, es decir, lo que Él es y lo que Él ha logrado para nosotros.

Por ello, Pablo en Efesios 4:23 nos dijo: “renovaos en el espíritu de vuestra mente”. Fijar la mente en la cosas de arriba, es permitir que nuestro espíritu gobierne nuestra mente, a tal punto, que él [el espíritu donde está el Señor] se vuelva el espíritu de nuestra mente, el que le gobierna y le somete a fijarse en las cosas de arriba. Sin embargo, muchas veces nuestra condición es al revés, es nuestra mente la que controla a nuestro espíritu, y esto nos conduce a apagar el Espíritu (1 Ts. 5:19), a tal punto, que Él [el Espíritu Santo] no puede llevar a cabo Su obra de renovación (Tit. 3:5) en nosotros.

Hablemos ahora un poco del verbo griego metamorphoumetha usado por Pablo aquí, este es un término compuesto de dos vocablos, de meta, cambio y de morphê, forma. Pero, como W. E. Vine destaca, morphê “se refiere, no a lo externo y pasajero, sino a lo interno y real”, difiriendo por tanto de schêmati, porte exterior (Fil. 2:8), en este sentido. Así, que metamorphoumetha literalmente significa: “un cambio de forma esencial e intrínseca”. Curiosamente, Pablo en Gálatas 4:19 emplea morphê, para aludir a su deseo, de que Cristo sea formado o impartido plenamente en todo el ser (1 Ts. 5:23) de los creyentes de forma real, y esto, encaja perfectamente con lo que venimos hablando, que el resplandor del Señor es el impartir en nosotros de lo que Él mismo es y ha logrado para salvación, una salvación subjetiva y progresiva.

Ahora bien, el verbo metamorphoumetha también ha sido transliterado al español como “metamorfosis”, esto, para designar el proceso biológico que las orugas realizan para convertirse en mariposas, y es en este mismo sentido, que Dios en Su soberanía plasmo en la naturaleza, que Pablo aquí, quiere enfatizar sobre dicho término.

Según la biología, las orugas que nacen de los huevecillos que las mariposas ponen en las hojas, pasan por un proceso, cuya culminación no está determinada por un tiempo específico, sino por la cantidad de comida que las orugas ingieren. Es así, que las orugas se centran en comer de forma voraz, a fin de poder entrar en una nueva etapa de su existencia, que es conocida en biología, como la etapa de crisálida, en dicha etapa, la oruga se encierra en un capullo, en el cual permanecerá hasta que su forma adulta, de mariposa, haya sido forjada de forma plena en su ser intrínseco. Lo mismo, debe suceder con el creyente, el creyente que ha nacido del Espíritu, debe de seguir el proceso de transformación que conduce a la glorificación de su cuerpo mortal, y por favor amigo lector, percátese de que decimos ‘proceso’, porque la glorificación es eso, no es un acto instantáneo, que ocurrirá solo porque hemos sido regenerados, sino que es un proceso en el cual debemos estar inmersos, en el cual la meta o final no está determinado por el tiempo; sino por cuanto comemos al Señor (Jn. 6:57), que es la palabra (Jn. 1:1) que es Espíritu (2 Co. 3:17) y es vida (Jn. 11:25; 6:63). Entre más comemos al Señor, más se imparte Él como el Espíritu (Tit. 3:5) en nuestro ser, infundiéndonos lo que Él es (Gá. 4:19) y ha logrado para nosotros, fortaleciendo con poder nuestro hombre interior (Ef. 3:16) para que él [nuestro espíritu, que es donde el Hijo del hombre, la escalera celestial (Jn. 1:51), esta como nuevo hombre] pueda dirigir nuestra mente a estar fija en las cosas de arriba (Fil. 4:8), llegando a ser, este espíritu, el espíritu de nuestra mente (Ef. 4:23) para la renovación de la misma, lo cual, nos conducirá a mas transformación (Ro. 12:2), como Pablo lo dice con su frase: “de gloria en gloria”.

VI. De gloria en gloria.

El Proverbio 4:18 nos dice que: “la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto”. Y es basado en esto, que Pablo dirá más adelante en esta epístola: “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2 Co. 4:16). Como podrán darse cuenta, está afirmación de Pablo, concuerda completamente con el significado del término griego morphê. Dios nos está renovando cada día en nuestro interior, y esta renovación no es otra cosa que el crecimiento o aumento de Dios en nosotros, como claramente Pablo lo afirma en Colosenses 2:19, que literalmente dice: “…asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el Cuerpo, recibiendo el rico suministro y siendo entrelazado por medio de las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento de Dios[15].

Es por esta razón tan clara, que Pablo nos dice en este versículo, que nuestra transformación va “de gloria en gloria” (gr. apo[16] doxês[17] eis[18] doxan[19]). La mayoría de comentaristas explican esta frase, por ejemplo, Charles C. Ryrie, como: “de un grado de gloría a otro” (Biblia de Estudio Ryrie), y esto, claramente es así.

Pero hay dos cosas sumamente importante que destacar de esta frase: (1) El empleo que Pablo hace de la preposición griega eis. Eis significa literalmente: “hacia dentro”, ya que comporta tanto dirección como subjetivismo, como Gerhard Schneider y Horst Balzen lo comentan en su Diccionario Exegético del Nuevo Testamento; pero también comporta culminación o completamiento, pudiendo traducirse como: “dando como resultado”, y esto es muy significativo, ya que Pablo al utilizar esta preposición griega nos está diciendo, en primer lugar, que el resplandor de la gloria, que es Cristo, esta dentro de nosotros (Col. 1:27), y debemos sumergimos o asirnos de Él para aumentar un peldaño de está gloria; y en segundo lugar, nos muestra que la culminación ultima de este proceso de transformación dará como resultado la gloria máxima que es la Nueva Jerusalén, la esposa del Cordero (cf. Jn. 3:29-30; 2 Co. 11:2; Ef. 5:25-27; Ap. 21:2, 9-10), la cual tendrá de forma plena la gloria de Dios (Ap. 21:11). (2) Es sumamente importante notar, la semejanza existente entre esta frase “de gloria en gloria” con la encontrada en Romanos 1:17: “por fe y para fe” (gr. ek pisteôs eis pistin)”. Cuando escuchamos la palabra (Ro. 10:17), la fe de Jesús nos fue impartida para justificación (Ro. 3:26), luego, al sumergirnos en este Cristo maravilloso, es Él quien continua creyendo en nosotros (He. 12:2) a fin de conducirnos a la consumación última de nuestra fe, que es la salvación de nuestras almas (1 P. 1:9), la salvación subjetiva y progresiva. ¿No es esto maravilloso?

VII. En la misma imagen.

Según Pablo, somos transformados de gloria en gloria “en la misma imagen” (gr. tên[20] autên[21] eikona[22]). ¿Pero a que se refiere con el término ‘imagen’? Pues se refiere a Cristo el Señor (Lc. 2:11), “el cual es la imagen de Dios” (2 Co. 4:4 cf. Col. 1:15; He. 1:3). El deseo de Dios es que seamos “hechos conformes a la imagen de Su Hijo” (Ro. 8:29), el Espíritu nos está renovando (Tit. 3:5) para este hecho (Col. 3:10). Un día, “seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es” (1 Jn. 3:2).

Hebreos 12:14 nos dice: “Seguid la paz con todos, y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor”, la santificación es parte de lo que Dios es, es decir, de Su naturaleza (cf. 1 P. 1:15-16). Así que, según Hebreos 12:14, necesitamos de la impartición de la santidad de Dios en nuestro ser para poder verle; cuando esto suceda, seremos semejantes a Él, pues lo que Él es, Su naturaleza, se habrá infundido en nosotros, esto concuerda con 1 de Juan 3:2. Pero la parte practica de todo esto, es, como Él mismo lo dice: “Miradme a Mí, y sed salvo” (Is. 45:22).

VIII. Como por el Señor Espíritu.

Este proceso de transformación que nos conduce a ser “hechos conformes a la imagen de Su Hijo” (Ro. 8:29) es “como por el Señor Espíritu” (gr. kathaper[23] apo[24] Kyriou[25] Pneumatos[26]).

Debemos ver, que el adverbio griego kathaper, puede significar: “como, así como, de la manera o de alguna manera”.

Por otra parte, es importante notar, que la versión Reina-Valera de la Biblia en su revisión de 1960 traduce esta última oración de este versículo: “como por el Espíritu del Señor”, sin embargo, en el texto griego Pneumatos (Espíritu) no va precedido de modificador alguno, sino que es Kyriou (Señor) el que va precedido de la preposición griega apo; por lo tanto, la traducción, como muchos exegetas lo afirman, no es “El Espíritu del Señor”; sino más bien “el Señor Espíritu”, cuyo título ‘Señor’ alude a Cristo, como ya lo hemos mencionado anteriormente.

“Pablo enseña en este caso que Cristo y el Espíritu tienen la misma esencia (cf. Jn. 10:30); sus personas siguen siendo distintas” (Wick Broomall, Comentario Bíblico Moody, Editorial Portavoz, pág. 324, 1965).

Por su parte, vale la pena recalcar, que la preposición griega apo, literalmente significa: “proveniente de”, e indica que la transformación procede del Espíritu, en lugar de ser causada por El. El diccionario define ‘causar’ como: “Producir cierto efecto o dar lugar a cierta consecuencia”; mientras que ‘provenir’ es definido como: “Tener origen o principio”. Es así, que el Señor Espíritu no es la consecuencia de la transformación, Él solo la origina, ya que es el ejercicio de nuestro espíritu el que la causa. Es como el caso de la oruga, la mariposa no es el resultado del alimento en sí; el alimento solo origina a la mariposa, pero es la digestión llevada a cabo en el interior de la oruga la que causa la metamorfosis al digerir el alimento de forma apropiada.

IX. Conclusión.

Este versículo es extremadamente maravilloso, pues nos muestra que todos los creyentes somos parte de los ministros del Nuevo Pacto sin excepción alguna, y como tales podemos mirar al Señor a cara descubierta sin velos de legalismo religiosos, este mirar nos hace participar de la naturaleza divina y de los logros que Cristo realizo para nosotros, esto, es salvación, y partiendo de este mirar, podemos reflejar como un espejo la gloria del Señor en aquellos que nos rodean, este mirar glorioso, produce en nuestro ser la transformación orgánica e intrínseca de nuestro ser, la cual nos lleva de un grado de gloria al grado superior que será la glorificación de nuestros cuerpos mortales, todo esto es propiciado y originado por el Señor Espíritu, es decir, por el Cristo Pneumático, el Espíritu que en la esencia de la Trinidad y en la experiencia cristiana nos trae la realidad o la verdad de lo que el Hijo es y ha logrado. Toda esta participación de Dios, no involucra en ningún momento, la Divinidad como tal, es decir, la omnipresencia, la omnisciencia, la omnipotencia, ni el ser objeto de adoración, atributos que solo Dios posee, y que nunca llegará a compartirá con el ser humano. ¡Te alabamos Señor, porque Tú, en Tú misericordia, estás impartiendo en nuestro ser lo que Tú eres y lo que lograstes para nosotros! ¡Oh Aleluya!

En Cristo.
Ministerio Disfrutando la Palabra.

Mensaje escrito el 26 de junio de 2016.
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[1] Por ejemplo, Jamieson, Fausset y Brown comentan este versículo diciendo: “Pablo no vuelve a referirse a los ministros sino hasta el cap. 4:1” (Comentario Exegético y Explicativo del Nuevo Testamento, Casa Bautista de Publicaciones, pág. 417, 1999).
[2] Pronombre personal primera persona caso nominativo plural: nosotros.
[3] Conjunción: pero.
[4] Adjetivo nominativo plural masculino: todos.
[5] Nombre dativo singular neutro: rostro.
[6] Verbo perfecto pasivo participio dativo singular neutro: ha sido quitada cubierta. Este verbo es un término compuesto que proviene de ana, de abajo hacia arriba y de kalúpto, encubrir. Este verbo griego aparece aquí y en el versículo 14 en todo el Nuevo Testamento.
[7] Verbo presente voz activa o media participio nominativo plural masculino. W. E. Vine comenta este verbo diciendo: “katoptrizómenoi, proviene de katoptron, espejo (de kata, abajo; y de ops, ojo o vista), significa, en la voz activa, hacer reflejar; en la voz media, reflejar como espejo. Aparece en 2 Co. 3:18 en la voz media, ‘mirando como en un espejo’ (VM); la Versión Revisada Inglesa da, en una nota marginal esta traducción: ‘reflejando como un espejo la gloria del Señor’; el contexto del tercer capítulo y de la primera parte del cuarto da su apoyo a este significado” (Diccionario Exhaustivo de Palabras del Antiguo y Nuevo Testamento, Caribe, ). Este verbo griego aparece solo aquí en todo el Nuevo Testamento.
[8] Por ejemplo, la RVR-1960 traduce este versículo como: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor…”; mientras que la NVI lo traduce como: “Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor…”.
[9] Artículo definido acusativo singular femenino: la.
[10] Nombre acusativo singular femenino: gloria.
[11] Nombre genitivo singular masculino: Señor.
[12] Por ejemplo, Wick Broomall comenta: “Señor en este lugar es Jesucristo (así casi siempre en los escritos de Pablo; p. ej. 2 Co. 5:6, 8, 11; 8:5; 10:8; 12:1, 8)” (Comentario Bíblico Moody: Nuevo Testamento, Editorial Portavoz, pág. 324, 1965).
[13] Lo que Cristo logro por nosotros, fue la encarnación para introducir a Dios en el hombre (Jn. 1:14 cf. Jn. 1:12-13), el vivir humano para expresar a Dios en la carne (1 Ti. 3:16), la muerte en la cruz para poner fin a todo lo negativo del universo (Jn. 16:11; Col. 2:15), la resurrección para impartir Su vida (Jn. 12:24; 1 Co. 15:45) y la ascensión para poner a Su enemigo ante Sus pies (Ef. 1:22; He. 2:8), todo esto, nos es impartido por el Espíritu cuando le contemplamos a Él en nuestro espíritu (Fil. 1:19; Gá. 3:5).
[14] Verbo presente pasivo indicativo primer persona plural: estamos siendo transformados. Este verbo griego aparece en todo el Nuevo Testamento en: Mt. 17:2; Mr. 9:2 y Ro. 12:2. Según estos versículos, es la transformación la que nos introduce en la gloria de los Hijos de Dios (cf. Ro. 8:21; He. 2:10).
[15] La versión RVR-1960 traduce este versículo como: “crece con el crecimiento que da Dios”, pero esta frase es una alteración del Textus Receptus basada en 1 Co. 3:7; sin embargo, como A. T. Robertson lo demuestra en la versión inglesa de sus Word Pictures (Imágenes Verbales), la traducción correcta es: “crece con el crecimiento de Dios”, porque es un acusativo cognado (auxêsin) con el viejo verbo auxei. Alfred Plummer, H. C. G. Moule y Arthur Carr en el Cambridge Greek Testament Commentary, destacan por su parte, que esta frase: “designa el carácter del verdadero crecimiento. El crecimiento de Dios, y de conformidad con Él, es sólo de esta manera, que se puede obtener una rápida participación de lo que Cristo es”.
[16] Preposición: de.
[17] Nombre genitivo singular femenino: gloria.
[18] Preposición: hacia dentro.
[19] Nombre acusativo singular femenino: gloria.
[20] Articulo definido acusativo singular femenino: en la.
[21] Pronombre personal acusativo singular femenino: misma.
[22] Nombre acusativo singular femenino: imagen. Este nombre griego aparece en todo el Nuevo Testamento en: Mt. 22:20; Mr. 12:16; Lc. 20:24; Ro. 1:23; 8:29; 1 Co. 11:7; 15:49; 2 Co. 4:4; Col. 1:15; 3:10; He. 10:1; Ap. 13:14-15; 14:9, 11; 15:2; 16:2; 19:20; 20:4.
[23] Adverbio: según cómo.
[24] Preposición: desde.
[25] Nombre genitivo singular masculino: Señor.
[26] Nombre genitivo singular neutro: Espíritu.